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Categoría: LIBROS

¿QUIEN SOY YO?

anabar9 09/09/2009 @ 22:32

Presentacion del libro "¿Quien soy yo? Identidad, Diversidad y Adopción" . Autora Maria Mateo Pérez. Ed. CIES. Barcelona 2004.

COMIC: PIEL COLOR MIEL

anabar9 12/05/2009 @ 09:54

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'Piel color miel' es la forma amable que tienen en Bélgica de referirse al color de piel asiático. Una forma de evitar decir 'amarillo'. Y éste es el título que Jung (Jun Jung-Sik) ha decidido poner al tomo donde cuenta su vida, al menos la parte que él considera que más le ha marcado, desde que le adoptó una familia belga hasta que llegó a la adolescencia y tuvo que enfrentarse directamente con todo lo que esto suponía.
Jung fue encontrado vagando con cinco años en un mercado de Seúl por un policía. Inmediatamente fue llevado a un famoso orfanato donde sería dado en adopción a una familia belga (Corea del Sur es uno de los países que más niños cede en adopción a países extranjeros). El niño Jung se encuentra así en un país extraño, en una familia extraña con unos hermanos que no son de su mismo color de piel. De esta manera, el autor nos narrará como discurrió su infancia, cómo era su familia adoptiva, como se enfrentó su familia a la adopción, cómo se enfrentó él. Poco a poco, va asumiendo todo lo que le está sucediendo, y es que a su condición de adoptado había que añadir la de extranjero.
El niño crece y con él su desasosiego y sus ansias de conocer su pasado. El autor irá mezclando el crecimiento y el descubrimiento personal y de las cuestiones habituales de la adolescencia con otras propias de su condición, como la falta de raíces, el rechazo de sus orígenes durante un largo periodo, el negarse a relacionarse con otros coreanos, o los problemas mentales que tienen todos ellos y que casi todos acaban en muerte, entre otros.
Al final, el niño, el adolescente y el adulto se encuentran, se aceptan y hacen por fin las paces con su yo interior.
Jung ha utilizado 'Piel color miel' para psicoanalizarse, para expulsar todos los demonios que tenía dentro, aunque lo hace sin rencor, y con humor, como él mismo explica en el epílogo, y pese a que la historia es dura, tiene un claro tono optimista.
El concepto más presente durante su lectura es el desarraigo, que es lo que siente el protagonista durante toda su vida. Y lo más chocante es que, a sus cuarenta y tantos años, todavía no se haya atrevido a visitar su país de origen.
'Piel color miel' tiene dos virtudes: la primera es que es un buen tebeo, tanto a nivel de guión como de dibujo, directamente a lápiz y sin entintar para que se sienta más cercano. La segunda, que es un excelente manual tanto para padres que deseen adoptar como para padres ya que tengan un niño adoptado. Y también para gente adoptada.

FRAGMENTOS DEL LIBRO " CARTA A MI HIJO ADOPTADO" DE PILAR RAOLA

anabar9 01/10/2008 @ 18:53

Durante los tres años y medio que duró el proceso tú sólo fuiste el deseo fuerte, persistente y tozudo de tenerte. Fuiste una voluntad. Sin embargo, amor, casi de golpe, (...), cuando un día nos llamaron y nos dijeron que estábamos a punto de conocer a nuestro hijo, ¡qué miedo aterrador! (...) No sabría explicarte cómo se puede sentir una alegría desbordada, una especie de frenética felicidad, casi infantil, y a la vez un profundo temor, pero así fue. (...) El miedo a saber cómo serías. (...) Miedo a mí misma, de no saber estar contigo, a la altura de unas circunstancias que desconocía, que había escogido y que, sin embargo, no dominaba. (...) Eras nuestro hijo, pero ya habías andado una parte del camino sin nosotros, y esa pequeña parte andada nos pesaba como una losa. Nos pesaba y... nos hería. Recoser, recoser rápidamente la herida abierta, entre aquel instante en que naciste y el momento en que nacías con nosotros: a este pensamiento dediqué buena parte de mis energías y casi todos mis recursos mentales, emocionales, pasionales. Estábamos dispuestos y encantados de sobreponer la alegría de tu llegada a los miedos y a las preguntas. Pero no sabíamos qué significaba todo ello, ni sabíamos cómo lo haríamos. (...)

Hijo mío desde el instante en que cruzamos la mirada. Hijo mío desde que encuadraste tu curiosidad en el ámbito de la ventana, y sólo nos mostraste medio rostro, rechazándonos y llamándonos, queriéndonos y negándonos... (...) Toda la desconfianza en tu mirada. ¡Estabas tan inmensamente solo! Pero ¡tenías tanto miedo a estar mal acompañado! que no nos quisiste..., abrazado a la responsable del centro donde habías vivido tu año y medio de vida... Abrazado a lo conocido. Te habíamos comprado una pequeña moto, motorista incluido, que te enseñamos como reclamo. Fue nuestro primer lenguaje, el primer beso, el primer abrazo antes de abrazarnos tanto, ese juguete que te cabía entero en la manita y que, durante tres días enteros, no dejaste ni un momento.

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Tú ya tenías nombre. Recuerdo perfectamente la frase de la psicóloga (...): Su hijo no viene vacío de equipaje a la vida que va a vivir con ustedes. Ya lleva una maleta con cuatro cosas. Y una de las pocas cosas que ya sabe que tiene es su nombre. Sabe perfectamente cuál es su nombre, y quizás su nombre es lo único que tiene realmente seguro. La adopción no es un nacimiento, sino una continuidad: este principio básico es, quizás, aquello que más nos gusta ignorar cuando nos enfrentamos a la experiencia adoptiva. (...) Camino ya andado. Vida ya vivida. Un nombre para resumirla. (...) Tu nombre era Noé.

Me dijeron que los niños que habéis tenido una primera vida sin demasiado amor -o sin nada de amor-, siempre mantenéis vivo el recelo, incluso cuando ya estáis plenamente adaptados. No tengo esta impresión en el presente (a tus ocho años), ahora que te veo tan (...) integrado (...). Pero es verdad que durante años, especialmente de noche, me has preguntado si me iba, y sobre todo, si volvería. (...) Como si recelases del punto de felicidad que finalmente habías conseguido. Como si recelases, amor, de tener una madre, un padre, una hermana, una familia para siempre. Probablemente de lo que no te fiabas era de eso: de que no fuera todo lo que tenías una simple excepcionalidad. Desconfiabas, Noé, de la normalidad. Por suerte (...) ya no veo en ti esa desconfianza, pero continúo notándote más sensible de lo que sería habitual en un niño de tu edad. (...) Por ejemplo, si por la televisión pasan la imagen de algún niño que sufre, te preocupas mucho más de lo que corresponde a un niño, te pones nervioso, me haces preguntas atolondradas (...). Transmites, a través de los niños que ves padecer, la memoria de tu propio dolor. (...)

MI DULCE HADA. De Pilar Raola

anabar9 15/04/2008 @ 17:44

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Mi dulce hada
Los padres, esos sufrientes eternos, esos locos que hacen horas extras,

incluso cuando los hijos ya llevan barba y se pagan un plan de pensiones.

Viendo a mi madre, que me riñe cuando salgo a la calle sin suficiente abrigo,

o almuerzo mal, creo entender lo que es la maternidad.

O la paternidad, tanto monta, si se ejerce activa y responsablemente.

 Debe ser eso, un amor terrenal, arraigado en lo más primitivo y,

 por ende, en lo más auténtico. Para mí,

que acumulo la intensidad de tres hijos queridos, aún es un interrogante.

¿Qué fuerza interna nos transforma hasta el punto de hacer por ellos

aquello que no haríamos por nadie?

De ese interrogante nace el misterio más fascinante de la vida.

 Sentimos amor, pero también fuerza, seguridad, riesgo, miedo, instinto,

quizás rabia, y así hasta el infinito, en el infinito diccionario de ser padres.

Quizás la escritora que mejor ha resumido ese caudal de emociones

y enigmas ha sido Amy Tan, cuya Hija del curandero

es una pequeña obra de arte. De ella, cuyo viaje a China fue,

a la vez, un viaje iniciático al interior de su propia madre,

 recuerdo dos citas extraordinarias.

"Una madre es alguien a quien las cosas de su hijo

 le importan tanto como a él". Y una brutal:

"Las palabras más aborrecibles que he dicho en mi vida a otro ser humano

 se las dije a mi madre".

Alguien que lea estas reflexiones me recordará que es lógica la intensidad sentimental entre padres e hijos, no en vano hablamos de una relación

 que es carne de la propia carne, pero eso tampoco no es exacto.

Ni la genética, ni la memoria de generaciones inciden realmente

en la naturaleza de la maternidad o la paternidad, sino algo más sutil,

más indefinible, quizás más grandioso.

Perdonen que narre una de mis experiencias más intensas,

en la adopción de mi hija pequeña, en Siberia. Era el primer viaje,

 de los tres que tuvimos que hacer para adoptar a Ada.

Habíamos estado en una ciudad perdida de los Urales durante días,

 esperando noticias. Cuando llegaron, supimos que Ada estaba a 400 km,

hacia Kazajistán, en un hospital (curándose de una neumonía, la enésima enfermedad que padeció en sus pocos meses de vida),

y que quizás no la veríamos.

Hasta el día siguiente no tuvimos permiso para visitarla,

 y estuvimos con ella cinco minutos.

 Cinco minutos de una niña que no nos miró,

que no tocó el muñeco de peluche que le habíamos llevado,

testigo roto de nuestro miedo y nuestro deseo…

una niña que sólo tuvo interés en el dedo que se chupaba incansablemente.

Era la niña más triste, la más frágil y, a pesar de todo, una superviviente.

Al salir del hospital, mi marido, un navarro de volumen de tirador de piedras,

 se puso a llorar.

Sus palabras acompañarán siempre el recuerdo de aquel momento:

 "No sé cómo pasó, no sé por qué, pero me siento su padre.

 Nadie me la podría quitar". Cinco minutos,

la mirada de una niña que sólo sabía mirar hacia dentro,

y ese hombre seguro de sí mismo se convirtió en un padre asustado,

desconcertado, emocionado y capaz de luchar contra los elementos.

Nunca más ha dejado de ser ese padre. ¿Dónde está el milagro?

¿Dónde el enigma?

Abierta suavemente la puerta del comedor de mi casa,

 permítanme que ahonde un poco más, con la esperanza de que la anécdota personal sirva para el retrato global. Mi hija Ada tiene, hoy,

siete espléndidos años. De ser una niña que no miraba al mundo,

 hoy lo devora con sus bellos ojos almendrados.

 De no hablar, es una pequeña cotorra que relata sus afanes diarios,

con una infatigable intensidad. De vivir en la tristeza,

 hoy rebosa una alegría que contamina las comisuras

 de nuestros ajetreados días.

De no tener opción, las tiene todas y todas quiere vencerlas.

Cuando la contemplo, en su habitación repleta de caballos alados,

 hadas preciosas y bellas princesas de cuentos, en su mundo hermoso,

me veo capaz de saber lo que es la felicidad. Y quizás, por unos momentos, vislumbro lo que mi marido, creyente, llama Dios.

 El enigma de la vida está ahí, en ese cuerpecito frágil que concentra,

como un imán indómito, toda nuestra capacidad de sufrir y de amar.

 Indescifrable misterio. Maravillosa emoción.