LA DESAPARICIÓN DE UNA TRADICIÓN MILENARIA.
El vendaje de los pies, el símbolo más característico de la identidad femenina en la China tradicional, fue prohibido en 1911 y duramente perseguido por el gobierno comunista. Sin embargo, según Ko, el motivo principal de su desaparición fue un nuevo cambio de significado, propiciado por la influencia extranjera en el siglo XIX.
Empezó a atacarse la costumbre de vendar los pies como algo insano y bárbaro y como obstáculo para la modernización del país. Las mujeres de las regiones costeras, identificándose con las posturas europeas, rechazaron pronto continuar la tradición con sus hijas y poco a poco, el significado negativo de esta práctica fue pentrando también en el interior de China, donde en 1957 se vendaron por última vez los pies de una china.
Se ponía fin entonces a una tradición de mil años de antigüedad muy paradójica: la deformación de los pies llegó a convertirse en el símbolo máximo de belleza y erotismo y el dolor diurno quedó justificado por las posibilidades de placer nocturno.
“Nací en 1920. Mi casa estaba en un pequeño pueblo de la provincia de Shandong. Mi padre era un campesino pobre. El tenía tres hermanas más mayores y un hermano más joven.
Continuando con la costumbre de las antiguas generaciones, me vendaron los pies cuando tenía seis años. Quizá el tamaño del pie de una niña de seis años es el perfecto.
Mi abuela tomó un trozo de tela de alrededor de un metro que ella misma había tejido en casa, y lo dividió en tres tiras de un metro de longitud, y empezó el vendaje. Dejó mi dedo gordo, dobló el resto de los dedos bajo la planta del pie y empezó a vendar rodeando muchas veces mi pie. Pueden imaginar cuan delicado es el pie de una niña de seis años y lo doloroso que resulta cuando es atado muy fuerte y modificada su forma natural. Con ese dolor terrible, me obligaron a empujar una enorme roca que era usada como molino. Caminé y caminé, pasito a pasito, muchas, muchas vueltas con el fin de que el pie vendado tomara la forma de cono, y de forma que el proceso fuera más eficaz. El sufrimiento que me provocaba está realmente más allá de lo que cualquiera puede imaginar.
Unos años después, el partido revolucionario entró en mi aldea. Los miembros del partido tenían una idea de la revolución que incluía la liberación de la mujer. Intentaron impedir que los hombres llevaran coleta trenzada y las mujeres los pies vendados. Entraron en cada casa para comprobar y obligar a las niñas cuyos pies habían sido vendados a quitarse las vendas. Antes de que entraran en mi casa, mi abuela nos quitó los vendajes a mis hermanas y a mi, pero en cuanto la gente del partido se fue, nos los volvió a vendar de nuevo.
Cuando nos quitaron las vendas, mis hermanas y yo gritamos y lloramos debido al dolor causado por el desvendado. Pero cuando nuestra abuela volvió a vendarnos los pies, aún fue más doloros y gritamos de nuevo.
Mis hermanas y yo nos acostumbramos al dolor y gradualmente nos fuimos quitando las vendas. Sustituimos las vendas por un par de calcetines muy apretados. Poco a poco los pies empezaron a crecer de nuevo. Cuando me casé en 1942, mis pies casi eran ya “tie fang jiao”, pies libres.
Suelo cuidarme mucho los pies. Son mucho más pequeños de lo que deberían. Mido un metro y setenta centímetros pero mis pies solamente miden 22 centímetros. El dedo gordo parece normal, pero el resto son demasiado delgados y están aplastados bajo la planta del pie. Tengo pequeñas cicatrices entre los dedos y los espacios intersticiales. Las cicatrices se hicieron porque cuando mis pies estuvieron vendados, los huesos de los dedos se rompieron e inflamaron, y esas cicatrices permanecen hasta el día de hoy. El dolor hace tiempo que desapareció.
Ahora vivo en Beijing y disfruto ayudando a cuidar a mis nietos y decorando mi casa con flores.”
Señora Sun Mei Ting, 79 años, Beijing. Relatado por ella misma y traducido al inglés por su hija, la señorita Li Chao Huang.



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