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LOS COLORES DE MI HIJO. iNDIRA PÁEZ


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Yo nací en una casa de lo más multicolor.

Y no, no me refiero a las paredes.

 Esas eran blancas, como las de cualquier casa

de Puerto Cabello en los sesenta.

 Mi casa era multicolor por dentro.

 Y es que mi mamá es de piel tan clara,

que sus hermanos la bautizaron "rana platanera"

Y mi papá era de un trigueño agresivo, con bigote de charro,

 sonrisa de Gardel y cabello ensortijado.

La vejez lo ha desteñido, a mi papá.

 Como si la melanina

se acabara con el tiempo. Como si los años fueran de lejía.

De esa mezcla emulsionada salimos nosotros, cinco hermanos

 de lo más variopintos.

 Mi hermano mayor, vaya usted a saber por qué, parece árabe.

Ojos penetrantes, nariz aguileña, frente amplia y cabello rizado

 (cuando existía, pues ahora ostenta una calvicie de lo mas atractiva).

 Le sigue una hermana preciosa, nariz perfilada, pecas, ojos inmensos,

 sonrisa como mandada a hacer. Castaña clara y de cabello cenizo.

 Se ayuda con Kolestone, vamos a estar claros. Pero le queda de un bien

 que parece que hubiera nacido así.

Al tercero, extrañamente, le decían "el catire".

Nunca entendí por qué, con ese cabello de pinchos rebeldes

que crece hacia arriba. Eso sí, tan rana platanera como la madre.

 Yo soy trigueña como mi padre, y mi nariz delata algún ancestro

africano por ahí. Y mi hermana menos es pecosa y achinada,

como si en algún momento los genes se hubieran vuelto locos

 y por generación espontánea hubieran creado una sucursal asiática.

Así, los almuerzos en mi casa parecían más una convención

 de las naciones unidas que otra cosa. Claro que yo jamás me dí cuenta de eso.

Para mí eran almuerzos, punto. Con el olor inenarrable de las caraotas negras

 de mi mamá y las tajadas de plátano frito que se hacían por kilos.

De chiquita nunca entendí por qué en el colegio de monjas un día

 una niñita me preguntó si mi papá era el chófer.

Tampoco supe por qué no lo habían dejado entrar en cierto local nocturno

muy de moda en los ochenta. Yo jamás me fijé en los colores de mi familia.

 Mi papá, mi mamá y mis hermanos, siempre fueron exactamente eso:

mi papá, mi mamá y mis hermanos...

Cuando yo era chiquita pensaba que los colores los tenían las cosas,

no la gente. No entendía por qué a algunos les decían negro si yo

los veía marrones, y a otros les decían blancos si yo los veía como

anaranjado claro tirando a rosa pálido. Y menos aún entendía por qué

aparentemente y para muchos adultos, era mejor ser "blanco" que "negro".

 Una vez mi papá se comió un semáforo y alguien le gritó

 "¡negro tenías que ser!". Yo me quedé estupefacta al descubrir

eque los "blancos" jamás se comían los semáforos.

Así las cosas, comenzó en mi adolescencia una suerte de fascinación

por aquello de los colores de la gente, las etnias, las razas y esos asuntos

que parecían importar tanto a la humanidad. Tanto que hasta guerras

entre países generaba. Tanto, que se mataba la gente por asuntos de piel,

 de genes, de células, de melanina.

Yo buscando vivencias reales, y con lo enamorada que soy, 

tuve novios marrones, rosados, amarillos y uno hasta medio verdoso.

Me casé con un italiano y tuve una hija que parece una actriz de Zefirelli.

 Y finalmente me enamoré hasta los huesos y me casé otra vez con un marrón.

  Un marrón de esos que la gente llama "negro".

Una tía abuela me dijo cuando me casé: "ni se te ocurra tener hijos con ese

hombre, porque te van a salir negritos". A mí no me cabía en la cabeza

que a estas alturas de la historia universal, alguien pudiera hacer un

 comentario como ese. Pero mi tía tiene 84 años, y a la gente de 84 años,

se le perdona todo. Hasta el racismo.

Como soy bien terca salí embarazada de mi esposo marrón. El embarazo

fue una montaña rusa total, así que cuando nació mi hijo, sano, con

diez deditos en las manos y diez en los pies, un par de ojos, orejas,

boca, nariz y gritos, yo estallaba de felicidad. Y cuando uno estalla

de felicidad, no escucha nada.

Pero resulta que han pasado cinco meses, y aunque sigo felicísima,

se me ha ido pasando la sordera. Y como soy tan bruta,

no termino de entender cómo es que tanta gente, que no solo mi tía,

la de 84, me pregunta "¿ y de que color es el niño?" Sí, sí así mismo.

"¿De qué color es?" Les importa muchísimo ese detalle a algunos.

 Tal vez a demasiados. Una amiga de España. Una antigua vecina,

 Una ex compañera de colegio. Un agente cualquiera que no tiene 84 años.

 Una gente que, que yo sepa, no pertenece al partido neo nazi,

ni milita en el Ku Klux Klan, ni es aria, ni tiene esvásticas en la ropa,

Una gente que se ofende si uno les dice racista. LLegan así, llaman,

escriben. Y lo primero que preguntan, antes de esas típicas preguntas

de viejita (¡cuánto pesó? ¿cuánto midió? ¿lloró mucho?), es...

¿y de qué color es?.

Y la verdad, lo confieso, a riesgo de quedar como una madre desnaturalizada,

 es que yo no me había fijado de qué color era mi hijo.

 Porque cuando nació mi hija la italianita nadie me preguntó eso.

Entonces no pensé que era tan importante saberse el color del hijo.

Yo me sabía la fecha de su primera sonrisa. Me sabía cuándo se le puso

la triple, cuándo comió papilla por primera vez. Sabía que tenía tres

tipos de llanto (uno de hambre, uno de sueño y uno de ñonguera).

Sabía que por las noches le gustaba quedarse dormida en mi pecho.

Cosas, pues, intrascendentes. Igual con mi bebé. Ya me sé sus ojos

de memoria, por ejemplo. A veces están a media asta y es que tiene sueño,

 pero lucha porque no quiere perderse nada. Me sé sus saltos cuando

 quiere que lo cargue. La temperatura de su piel, el olor de su nuca.

Pero el domingo pasado me encontré a una ex compañera de trabajo

que no veía desde mi preñez, y ¡zuás!, me lanzó la pregunta. ¿Ya nació

 tu hijo? ¿Y de qué color es?". Me agarró desprevenida, y no supe qué

responderle, pero me prometí a mí misma averiguarlo, ya que a tanta

gente parece importarle el asunto. Debe ser que es algo vital, y yo

de mala madre no he prestado atención a la epidermis de mis crios.

Así que ante tanta curiosidad de la gente, me he puesto a detallar

los colores de mi hijo. Y resulta que mi bebé es un camaleón.

 Sí de verdad. Cambia de colores. A las cinco y media de la mañana,

 cuando se despierta pidiendo comida, es como rojo. Un rojo furios y

candelero. Después se pone como rosadito, y se ríe anaranjado.  

A veces pasa el día verde manzana, y me provoca darle mordiscos

por todos lados. Cuando lo baño, y chapotea en el agua, se vuelve

 como plateado, una cosa increible. Cuando se le cierran los ojitos del

sueño, es amarillo pollito y provoca acunarlo y meterlo bajo las dos alas

acurrucadito. Finalmente se duerme y, lo juro por Dios, se pone azul.

 Y brilla en la oscuridad.

Ese es mi hijo, multicolor. Sé que va a ser un poco difícil llenarle

la planilla del pasaporte, o contestarles a las ex compañeras de colegio

 cuando pregunten de qué color es mi hijo. Pero eso es lo que hay. Lo juro.

"Mi hijo es color arcoiris."


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